jueves, 17 de diciembre de 2009

El bondi a Kathmandu



El bondi a Kathmandu es un clásico transporte público del tercer mundo; supuestamente es la conexión más decente que el dinero puede pagar. El flaco del mostrador me recomienda el asiento A1, seguramente se imagina que me encanta ver desde la primera fila las decenas de personas que suben y bajan en cada uno de los infinitos parajes, ciudades, pueblos, villorrios y cruces de ruta. Escribo en presente porque lo estoy haciendo ao vivo como puedo desde el transporte en un cuaderno escolar “classmate expressions” comprado para la ocasión.

Salimos con 8 pasajeros. El chofer está más atento a tocarle bocina a cualquier potencial cliente que a la ruta. Delante de mío, colgado de la puerta eternamente abierta un chaboncito de rasgos orientales, como si le hubiesen dado con una plancha de bifes en la ñata, camisa blanca arremangada, lentes ray ban modelo aviator y gorro de lana negro va reclutando pasajeros sin otro recurso que gritar el destino. En su brazo izquierdo ostenta un lunar negro y peludo del tamaño de una manzana que me mira desafiante. Por cada uno que sube se cruza en una acalorada discusión sobre el precio del pasaje.

La calcomanía del Bob Marley en el hueco del televisor ausente me tranquiliza. Espero que este hijo de puta no se haya fumado un porro antes de manejar 18 horas seguidas, porque eso es lo que se va a demorar en hacer poco menos de 500 kilómetros este transporte.

En un rato va a haber gente viajando en el pasillo, un clásico. El aire se está espesando con los aromas del himalaya al tiempo que se llena el bondi. Por suerte los intersticios de las ventanas que cierran para el orto van renovando un poco el aire.

Ahora sí el bondi está lleno, el pasaje sentado en el pasillo lo atestigua. El hombre araña nepalés colgado de la puerta sigue reclutando clientes que no sé donde va a ubicar. Se hizo de noche, una exigua luz amarilla de esos típicos foquitos chotos de 12 volts me permite seguir escribiendo. Bocinas, gritos, gente que sube y baja.

El chinito se sacó los anteojos y me dá un poco de charla, creo que intenta decirme que como guardó mi equipaje merece una propina. Me hago el boludo, no me cuesta. Al toque se baja en el medio de la ruta. Delante de mí viajan 6 tipos parados.

Ato la mochila a la pata del asiento, me pongo el buzo, los tapones de oído, el antifaz y me clavo un ribotril, se van todos a la puta que los parió.

Me despertaron una vez para mear al costado de la ruta obviamente y otra para cenar. El refrigerio fue invitación de mi compañero de butaca.

Aunque un poco cagado de frío gracias a la pasti que me dio mi mamá pude dormir. Son las 10.30 am. aún luchamos por entrar a Katmandú, salimos ayer a las 4 de la tarde. El inconciente que maneja obviamente es el mismo.

Aunque pueda dar la impresión de la pasé para el orto, como tantas otras veces la estoy pasando genial. De alguna forma aprendí a disfrutar de estás pequeñas delicias de viajar.

3 comentarios:

  1. Grande, Ale. Espero encontrarme con más mañana, pasé un rato agradable leyéndote. Un abrazo y seguí disfrutando.

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  2. Ale, las crónicas de tu viaje están buenísimas! Keep Walking!
    Abrazo
    Michi

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  3. Un lujo al lado de los bondis bolivianos que conoci!!!

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